La herida del tiempo

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Hace algunos días asistí al acto de graduación de mi hija mayor. Cuando la veía salir al estrado no podía evitar pensar que aquella mujer, encaramada en un par de tacones y con un vestido sugerente, era la niña minúscula, por cierto físicamente muy transformada, que yo había traído al mundo hace 18 años. Y sin embargo, pese al tiempo transcurrido, yo no aprecio en mi misma una mutación tan profunda, y creo que conservo muchos de los aspectos psicológicos esenciales que me eran propios en la época en que la vi nacer. E incluso antes.

Desde siempre me ha maravillado la cuestión del paso del tiempo y en esto comparto muchas de las inquietudes de grandes investigadores como Priestley, quien analizó en profundidad esta cuestión. Desde siempre me ha maravillado la cuestión del paso del tiempo y en esto comparto muchas de las inquietudes de grandes investigadores como Priestley, quien analizó en profundidad esta cuestión.  En su magnifica pieza de teatro "el tiempo y los Conway" , traducida en su día por Luis Escobar con el sugerente titulo "la herida del tiempo", plasma a la perfección su tesis de que el tiempo es una dimensión única en la que podemos pasar, como un observador que mirara por una escotilla, del pasado al presente y ¿por qué no? también al futuro.  Se trata por tanto de visiones parciales de una única realidad en la que nosotros permanecemos inalterables y nos sentimos inmutables.

Todo esto me venia a la cabeza el otro día cuando en cuestión de segundos y mirando por mi ventanilla del tiempo veía, como un espectador, a mi hija en dos momentos diferentes de su única existencia. Y comprendía emocionada que era precisamente la conjunción de todas esas imágenes, pasadas y presentes, la que conformaba todas mis emociones hacia esa personita  que se graduaba y que, en definitiva, es mi mayor tesoro: mi hija.


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