La guerra del tacón: la salud o… ¿el poder?

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Coco Channel puso de moda los tacones de aguja y Dior consiguió que se convirtieran en un complemento imprescindible. Desde entonces, el tacón se ha asociado a la elegancia, la sofisticación y, llevado a un entorno laboral, al poder que ostenta quien los calza. Para algunas es una tortura y para otras una auténtica herramienta de trabajo. A ellos simplemente le encanta, fieles adeptos a la erótica del poder.

La imagen que proyecta el tacón va más allá de la estética. Amantes y detractores del tacón, no lo podemos negar.
Los tacones comunican, y hablan alto y claro.
Ahora los sindicatos británicos han declarado la guerra a los tacones porque la Sociedad de Podólogos los considera un riesgo laboral. Mientras expertos en todo el mundo aseguran que el tacón es la raíz de múltiples enfermedades, algunas crónicas, Nadine Dorries, parlamentaria conservadora, se echa las manos a la cabeza y asegura que mide 1,60 y “necesita llevar tacones en este mundo de depredadores”.

La polémica está servida, pero nadie menciona el trasfondo de la cuestión: la imagen que proyecta el tacón va más allá de la estética. Amantes y detractores del tacón, no lo podemos negar. Los tacones comunican, y hablan alto y claro.

La percepción de quién los lleva y quién los admira (o teme, en algunos casos) es el primer escollo en la guerra abierta contra el tacón. Una guerra cuya primera batalla podría librarse en forma de campaña de comunicación. Si Carrefour lo ha hecho contra las bolsas de plástico, ¿por qué no una campaña contra el tacón?

¿Podremos desterrar de nuestras percepciones ligadas al trabajo el tacón como sinónimo de madurez, seriedad, responsabilidad, profesionalidad y, sobre todo, poder?

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