La educación de nuestros hijos

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Escuchaba el otro día al Ministro Gabilondo afirmar -muy convencido- que la educación es la mejor política social y por ende, la mejor política económica. También otras cosas muy sensatas, propias de quien no es un político de carrera sino un catedrático de metafísica -rector durante años de la Universidad Complutense de Madrid- llamado a ocupar un cargo público de relevancia en esta legislatura. Lo triste es que la clase política está tan devaluada, que sospechas de cualquiera: no eres capaz de reconocer si alguien está diciendo la verdad o cada palabra conlleva un trasfondo electoralista.

La formación y los planes educativos deberían estar por encima de cualquier interés partidista porque las nuevas generaciones son, en definitiva, el futuro de nuestro país. Los ciudadanos carentes de formación son españoles incompletos: la persona formada tiene todas las posibilidades para desarrollarse social y personalmente. Pero yo iría más allá: los jóvenes cultos, leídos, viajados, enriquecidos intelectualmente, serán adultos libres con posibilidad permanente de elección. Y la libertad es paso obligado hacia la plenitud individual. Cuanta más formación atesora el individuo, menos posibilidad hay de manipulación: su criterio prevalecerá sobre cualquier adoctrinamiento intencionado.

La formación y los planes educativos deberían estar por encima de cualquier interés partidista porque las nuevas generaciones son, en definitiva, el futuro de nuestro país.

Hay que potenciar el pensamiento y el talento porque son la base de las nuevas ideas, del desarrollo y de la riqueza. Si los gobiernos son incapaces de dar a la educación la importancia, calidad y recursos que merece, la sociedad debería tomar las riendas del asunto  -como en tantas otras cosas- porque fomentar una educación de calidad es responsabilidad colectiva.

Pero lejos de abanderar el progreso y la formación de nuestros hijos, el aletargamiento generalizado parece la tónica dominante. La disciplina y el esfuerzo quedan relegados ante la displicencia y la permisividad. Estamos a la cola de Europa en el dominio de idiomas, indispensables para cargos de responsabilidad que facilitan el acceso a los negocios de altura. L

La tasa de fracaso escolar, además de ser el doble que la de nuestros colegas europeos y una de las más altas en el mundo desarrollado, es espeluznante: nos situamos en cifras superiores al 30%. Es decir, que casi uno de cada tres jóvenes deja los estudios sin titulación ni acreditación profesional de ningún tipo. Eso sí, por huevos hay que dominar hasta el dialecto de la comunidad de vecinos y ser expertos en las artes amatorias más avanzadas: en breve la sexualidad se impondrá como asignatura prioritaria por encima de las Matemáticas, la Historia y la Lengua Española. Que una cosa es una educación sexual responsable -absolutamente necesaria en generaciones que se inician en el sexo a edades tempranas-, y otra, que el desarrollo de un adolescente gire en torno a ello permanentemente.

¿Deben mis hijos escribir correctamente, sin faltas de ortografía y con dominio de la gramática castellana? ¿Deben ser bilingües, o mejor, trilingües? ¿Deben conocer los acontecimientos que a lo largo de la Historia han configurado el mundo tal y como hoy lo conocemos? ¿Deben dominar la informática? ¿Deben asentar unas pautas morales que les lleven a ser hombres y mujeres de bien? ¿Deben, mis hijos preadolescentes, conocer al dedillo las técnicas de control de natalidad, las clínicas abortivas o la píldora postcoital? ¿Estamos perdiendo el control? ¿Hemos olvidado nuestros principios? ¿Qué le está ocurriendo a este país?

Es necesario un cambio integral en la ley electoral, una reforma constitucional, una regeneración democrática, pero previamente, es obligada una revolución social impulsada desde la educación. No quiero futuras generaciones de jóvenes parados, conformistas, derrotados. Deseo unos descendientes emprendedores, luchadores, competitivos, triunfadores. Pero cuando está en juego el futuro de nuestros hijos deberíamos encontrar tiempo, pararnos a reflexionar y lo más importante: actuar para aportar soluciones. Estamos tardando…

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