El valor de la innovación y el peligro del ´bucle´

601

La innovación es uno de los pocos “salvavidas” que tenemos para salir de la situación en la que nos encontramos. Por ello,  la Comisión Europea alerta de que, durante los años previos a la crisis, el 25% del crecimiento del PIB y el 40% del crecimiento de la productividad fueron debidos a este factor, por lo que insta tomar medidas urgentes.

Pero, como todos sabemos, en España en estos momentos hay otras prioridades más urgentes para el Gobierno: nuestro hipotético rescate, las polémicas reformas de la sanidad y el mercado laboral, el difícil pago de las pensiones y un largo etcétera. Y puesto que hay que priorizar las prioridades (valga la redundancia), la innovación se ha tenido que aparcar en gran medida en la lista del “to-do”, para cuando lleguen tiempos mejores.

Por otro lado, las empresas están demasiado ocupadas. Muchos directivos (no todos, pero sí muchos, demasiados…) están muy ocupados mirando a otro lado, esperando que pase la tormenta. Pasan las horas encerrados en su burbuja, sin atreverse a mirar el temporal, no vaya a ser que se “mojen”. Por ello, no asumen su responsabilidad, su responsabilidad de coger de forma inmediata el timón de la innovación en este “entorno loco”, que nos está ahogando y que casi no nos deja respirar…  No entienden que la alternativa no existe, y que si no hacen algo ya, ni ellos ni sus empresas tendrán un futuro prometedor, y probablemente ni siquiera un futuro.

¿Y dónde queda la innovación? ¿En manos de quien queda la que muchos (incluida la Comisión Europea) consideran la más potente “medicina” frente a nuestros “males” socio-económicos? Pero no quiero, y no debo, asignarles toda la responsabilidad. No es cierto y no es justo, porque las empresas somos también personas, y también estamos demasiado ocupados…. Los que estamos en activo, y tenemos la suerte de que no “nos ha tocado” la crisis todavía), y conservamos nuestro empleo, estamos muy ocupados siguiendo cada día la “carrera” de la prima de riesgo, como si de una competición se tratara (pura adrenalina, cuando sube y cuando baja…) y la evolución de las cifras del paro, que personalmente sigo como si se tratase de una película de terror. Y además tenemos que trabajar, por supuesto. Agotador…

¿Y dónde queda la innovación? ¿En manos de quien queda la que muchos (incluida la Comisión Europea) consideran la más potente “medicina” frente a nuestros “males” socio-económicos? ¿Qué será de nosotros si seguimos perdiendo posiciones en el European Innovation Scoreboard, donde ya ocupamos la posición 18 de los 27 países analizados, muy por detrás de la media…? ¿De quién es la culpa o mejor dicho (mirando hacia delante) la responsabilidad de hacer algo al respecto…? La solución no es fácil.

La innovación es un proceso que se produce en el seno de cada organización, proceso que los directivos deben aprender a gestionar, puesto que de ella dependerá el futuro de su empresa en un plazo no muy lejano. Pero la innovación requiere de recursos, y los recursos de presupuestos, que en estos momentos están muy “caros”…

Nos encontramos por lo tanto en un “bucle”: sin innovación (y sus resultados) es difícil disponer de presupuestos, y sin presupuestos es difícil poner en marcha un proceso innovador eficaz.

Pero hay otros caminos, otros antídotos -baratos y eficaces- disponibles en las empresas, , que con pequeños cambios de mentalidad y en las prácticas de gestión pueden suponer un “punto y aparte” en el escenario actual de miedo y crisis que se ha “estampado” en nuestro día a día.

La innovación es un proceso en el que cada empleado, independientemente de su posición, debe asumir un rol proactivo. En otras palabras, las empresas deben comprometerse con el desarrollo de su “ingenio organizacional”, con el desarrollo de todo el potencial creativo de su gente, sea cual sea su estatus. Para ello, deben recordar que la innovación es un proceso que recae sobre personas, y que hay que tratarlas como tales, eliminando los bloqueos que se producen a través de mecanismos como el miedo, la visión corto-placista o la falta de reconocimiento. ¡Pongamos manos a la obra!

*Silvia Leal es Doctora, Experta en Innovación

Otr@s columnistas…

¿Ya has visitado Columnistas en nuestra ZONA OPINIÓN?    

 

Artículo anteriorEl japonés que estrelló el tren para ganar tiempo
Artículo siguienteLos españoles y su propio `yo´