El reloj del cuco

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Dice mi amigo Bartolomé, un hombre ilustrado que en esta coyuntura se dedica con éxito a reparaciones y chapuzas varias, que las vacaciones, con o sin crisis, son tiempo para la lectura, el relajo y sobre todo la siesta. Cuando está en trance, y en gozosa duermevela, mi amigo “sueña” con que se cumpla la sentencia atribuida a Shakespeare, to sleep… perchance to dream (dormir… por si tengo la oportunidad de soñar), que -impresa en una tarjeta- le dejaron sobre su cama en un hotel de muchas campanillas. La frase es redonda, pero yo prefiero “el dormir es como un puente/ que va del hoy al mañana./ Por debajo, como un sueño,/ pasa el agua”, como escribiera Juan Ramón en un hermoso libro (Poesía en prosa y en verso) editado hace ahora setenta y seis años.

Vivimos tiempos de incertidumbre y, como es sabido, las cosas se han complicado, aunque uno tiene la impresión, cuando terminan las vacaciones y se inicia el curso, de que todo volverá a estar igual
que antes.

O sea que, soñando o despiertos, la cosa sigue en septiembre; que hay vida (y trabajo, y discutidas subvenciones a los que no lo tienen) después de las vacaciones, y que no deberíamos olvidar que el descanso puede servir para poner en orden las ideas, para reflexionar sin agobios y también para profundizar, cultivar y enriquecernos con las ciencias del hombre, probablemente las que menos desarrollamos y más descuidamos los que nos seguimos llamando -curiosa paradoja- personas humanas.

Vivimos tiempos de incertidumbre y, como es sabido, las cosas se han complicado, aunque uno tiene la impresión, cuando terminan las vacaciones y se inicia el curso, de que todo volverá a estar igual que antes; quiero decir que, aunque la crisis pareció abrir la puerta y la esperanza a un cambio necesario, pasados unos meses llenos de declaraciones grandilocuentes y de buenas intenciones, en cuanto se atisba que las grandes instituciones financieras pueden cambiar números rojos por negros, y los gurús económicos (Bernanke dixit) pontifican sobre el principio del fin de la recesión, con brotes de todos los colores, aquí parece que no ha ocurrido nada. Rien de rien. Como si todo hubiera sido un mal sueño (incluido Madoff) y reapareciesen sin solución de continuidad desvergüenzas, sinrazones y despropósitos.

Ya conocemos el precio de la irresponsabilidad, y eso debería bastarnos; sobre todo para no seguir pensando y haciendo barbaridades y tonterías.

A lo mejor, mire usted por dónde, es que nunca se fueron de verdad ni del todo. Marc Fumaroli (La educación en libertad, 2007) nos revela que “la revolución cultural y comunicacional que se está produciendo en nuestras sociedades ricas y desarrolladas combate, con una extraordinaria intolerancia, y en nombre de la tolerancia, cualquier jerarquía espiritual, moral y estética, es decir, la esencia misma de la educación”. Y esa revolución, como razona el escritor marsellés, está alimentada por la sed de beneficio (que desconoce cualquier distinción moral) y el resentimiento social, dos fuerzas/fuentes violentas e infatigables, opuestas y complementarias.

Algo de eso ha pasado y, como ha declarado certera y recientemente Joaquín Almunia, comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, la “crisis es herencia de mucha gente… y nadie puede quedarse al margen de la necesidad de aplicarse la lección que deriva de la experiencia de esta crisis”. Ya hemos escrito en alguna otra ocasión, y hay que repetirlo, que ahora ya conocemos el precio de la irresponsabilidad, y eso debería bastarnos; sobre todo para no seguir pensando y haciendo barbaridades y tonterías a las que, por otra parte, los humanos somos tan dados.

Hay demasiado egoísmo en lo individual, y ésa es una característica del temple humano. Pero, junto a eso, otra peculiaridad de los humanos -lo dijo Lotze– es la general falta de envidia de todo presente respecto de su futuro. Con motivo de la crisis todos creíamos que el futuro sería distinto y, sobre todo, mejor, pero no parece que estemos por la labor. No podemos olvidar que es el tiempo de la regeneración, de la educación cabal, de una nueva formar de entender la gestión empresarial/institucional, de un renacer social en todos los órdenes. Parecía claro que al menos podríamos asumir que sólo lo ético es práctico; y que la verdad, el esfuerzo y la decencia tienen también una innegable utilidad. Es hora, pues, de cambiar. Era, y es, el momento, y no podemos desaprovecharlo. Si lo hacemos, el futuro nos lo demandará, y habremos dilapidado una esperanzadora herencia y despreciado una oportunidad. En todo caso sin excusa.

El genial Orson Welles, protagonista de una película de culto, El tercer hombre, que ahora cumple sesenta años, nos dejó en esa maravillosa historia de espías y de posguerra que escribió Graham Greene (nunca sabremos si fue primero el guión o la novela), una frase para la reflexión que viene al pelo. Harry Line, el personaje que interpretaba Welles, se refería a que en Italia, en tiempos de los Borgia, donde el crimen era moneda común, a pesar de esa familia y de sus crueles acciones, pudieron surgir Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. Y añadía, “en Suiza, amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz, y ¿qué tenemos?: el reloj de cuco”. Pues eso.

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