El Pluviómetro Feliz

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Mi amigo el concejal, cuando se enteró de que se anunciaba un temporal de lluvias, decidió comprar un pluviómetro. Estaba dispuesto, como no podía ser de otra forma, a que cien años más tarde se le recordase como el edil que puso en marcha la estadística fiable de lluvias en su pueblo, ubicado en un hermoso enclave dentro de una de las muchas sierras andaluzas.

Así que, manos a la obra, convocó a un guardia municipal y le entregó solemnemente el aparatejo para que el alguacil diese cada día cumplida cuenta de los resultados de la medición. Y así lo hizo: ciento cuarenta, cien, ciento ochenta… litros por metro cuadrado cada día. El concejal, la verdad, se mosqueó. Llovía, pero le parecía que no tanto; así que llamó al guardia y le preguntó si había colocado bien el pluviómetro. “Naturalmente”, le dijo éste. “¿Dónde lo has puesto?”, inquirió el concejal. “¿Dónde lo voy a poner?”, contestó el alguacil: “en su sitio, debajo de un canalón que es donde más agua cae…”.

Hoy, delegar es, probablemente, una de las cualidades que en el mundo empresarial más se exigen al jefe y al directivo; y su correcto desempeño es lo que marca la diferencia entre un equipo cohesionado y un grupo disperso. En fin, que así se escribe la historia, pequeña, pero historia, y así se elaboran algunas estadísticas. El guardia hizo lo que creyó oportuno, y lo hizo a su manera. Al delegar en él una tarea, su concejal jefe no le explicó el uso correcto de ese instrumento que sirve para medir la lluvia que cae en un lugar y en un tiempo determinado.

Y cuento esto porque, cuando recordaba la anécdota, pensé en eso que en el argot del “management” se llama delegación. Hoy, delegar es, probablemente, una de las cualidades que en el mundo empresarial más se exigen al jefe y al directivo; y su correcto desempeño es lo que marca la diferencia entre un equipo cohesionado y un grupo disperso, en donde -como en el ejército de Pancho Villa- cada uno va a lo suyo. Como es algo que está bien visto, muchos jefes (aunque sea mentira) tienen a gala que son los que más delegan del mundo.

En algún sitio tengo escrito que lo que no debe ni puede ser es un embudo, en ninguna de las dos acepciones principales que recoge el diccionario de la lengua española sobre el vocablo. A saber:

  • Instrumento hueco, ancho por arriba y estrecho por abajo, en forma de cono y rematado en un canuto, que sirve para transvasar líquidos.
  • Trampa, engaño, enredo.

Cito literalmente las dos acepciones porque ni el jefe puede ser subordinado y jefe a la vez, revisando punto por punto lo que hacen cada uno de los que trabajan en su área; ni el jefe puede engañarlos, hablando de delegación y de participación cuando, de verdad, lo que practica (aunque predique lo contrario) es “no dar cancha” a su gente, de la que no se fía, y no tiene empacho de decirlo en voz alta. Ya se sabe, el jefe (el mal jefe) siempre ha creído que tiene que ser más talentoso que los empleados que dependen de él, porque -dice- “sin mí no valen para nada…”.

Este jefe enmascara su falta de autoestima y su ineficacia (su inseguridad) con la soberbia. No es sólo que crea que “su” empleado no puede pensar, es que no puede soportar la idea de que otro sea más inteligente, creativo o práctico que él y, a la postre, le pueda “quitar su puesto”.

Delegar (que no está reñido con supervisar) es dar a cada uno la oportunidad de hacer las cosas que sabe y tiene que hacer, y para lo que está preparado. Y, si no lo está, hay que formarlo. Lo demás son pamplinas. La traca final son los jefes que practican la ley del embudo, empleando las normas con desigualdad e inequidad, aplicándolas estrictamente a unos y con manga ancha a otros, y -casi siempre- también a él. Algo tiene que ver la crisis perenne que padecemos con esa torticera forma de actuar.

Delegar (que no está reñido con supervisar) es dar a cada uno la oportunidad de hacer las co
sas que sabe y tiene que hacer, y para lo que está preparado. Y, si no lo está, hay que formarlo. Lo demás son pamplinas.

La delegación no deja de ser un canto bidireccional a la confianza, la que cualquier empleado, sin reserva alguna, debe depositar en sus jefes; y la que nunca, jamás, un jefe debe ni puede traicionar. “A las personas justas y leales, es decir, a los hombres de bien, se les tiene tanta confianza que nunca recae sobre ellos la menor sospecha de fraude o de injusticia”, escribió Cicerón en De Officis.

Si de verdad queremos ser jefes/directivos, nunca, jamás, podemos engañar a un empleado, aunque él nos engañe. Si así lo hiciéramos se romperían en mil pedazos los principios que debemos transmitir y el respeto que hemos de practicar con nosotros mismos y con aquellos que con nosotros están. Una reflexión que puede aplicarse no sólo a jefes-empleados, sino también a padres-hijos y a profesores-alumnos, porque hay que proceder de tal manera que no nos sonrojemos ante nosotros mismos.

Estamos en 2010. Un buen propósito para el año que comienza es que seamos sinceros y leales en nuestro actuar porque -lo dicen los versos de Caballero Bonald- “la realidad no es la que viene del pasado/ sino aquella que aún tiene que llegar”.

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