El parking

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Mi coche está mustio. Las marchas carraspean, los faros apenas brillan y hasta parece que solloza al frenar. Yo sé lo que le pasa, hace unos días despidieron al hombre que conducía el Renault gris, ese coche bondadoso y campechano que fue su compañero de parking, su vecino tras la raya blanca continua durante largos doce años. También yo me siento triste al aparcar y sentir el vacio al lado derecho.

Gabriel, el operario de fábrica que manejaba con manos sabias ese Renault, me dijo adiós una tarde ante su coche y se fue llevándoselo en silencio. No es el único, en las últimas semanas este parking está cada vez más ocupado por huecos deshabitados que han perdido inquilino. A los que seguimos llenando el aparcamiento, muchos días nos sorprende una nueva plaza solitaria. Intentamos engañarnos, pero sabemos que con probabilidad nuestro lugar también quedara libre en un futuro cercano. Es una ERE, dicen, palabra extraña que disfraza despidos de personas con ojos amargos, que después de muchos madrugones, esfuerzo y dedicación se van sin hacer ruido llevándose sus coches del aparcamiento.

A los que seguimos llenando el aparcamiento, muchos días nos sorprende una nueva plaza solitaria. Todos sentimos nostalgia del ajetreo en hora punta del aparcamiento que hoy se hace tan lejano. Nostalgia de los cruces entre entradas y salidas apresuradas, de los saludos al volante, de las palabras sobre el tiempo que cruzábamos ante el ascensor. Ahora, apenas nos encontramos, y cuando lo hacemos sólo murmuramos en un ademán que ni siquiera la ventanilla de nuestros coches puede escuchar.

La nostalgia se contagia de abajo a arriba, sube en ascensor desde el sótano lleno de huecos y recorre el pasillo de cada planta para descubrir allí también la ausencia de personas habituales en nuestra rutina. Porque si allí abajo desaparecen los automóviles, arriba en la fábrica desaparecen las personas. Se esfuman sus fotos y quizá ese poster que se asomaba a su vida exterior, se evapora su presencia en la maquina del café ó en la cola del comedor, se extingue esa voz que se levantaba al teléfono hasta llegar a molestarnos. Pronto olvidamos esos ojos que ya no cruzan la mirada con los que todavía quedamos aquí. Es como si a los que se van se les tragara la tierra, porque hasta se destruye su nombre de la lista de correo electrónico, de su ordenador o de la entrada de su oficina… una vez que se han ido parece que nunca existieron.

Me preocupa la melancolía de mi coche, por eso intento consolarle, le explico que estamos viviendo una crisis mayúscula, que las empresas tienen que sobrevivir, y que eso significa que se tienen que hacer más eficientes y estrechas… Las empresas no son crueles, sólo tienen el deber de perdurar, le digo. Pero su cuadro de mandos me mira descreído sin ni siquiera disimular un mínimo interés por este discurso mío, tan racional como postizo, con él que intento amortiguar su dolor. El sólo piensa en que el espejo, algo maltrecho, del Renault ya no bromeará con él al aparcar, y que su puerta al abrirse no acariciara, como sin querer, su carrocería.

Siento en su silencio la sombra del duelo, así que estos días ni pongo la radio para no atropellar su pena.

*Inmaculada Gilaberte es psiquiatra y autora del libro Equilibristas: Entre la maternidad y la profesión

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