¿El arte de la política?

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Decía Platón de la política que “es el arte de gobernar a los hombres con su consentimiento”. Wikipedia la define como “la actividad humana que tiende a gobernar o dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad”. Son los políticos, escogidos por el pueblo en un Estado democrático, los encargados de ejercerla. Y a la vista de lo que está ocurriendo, cabe concluir que la política no se merece a los políticos que le han tocado en suerte.

Porque si Platón levantara la cabeza se encontraría que lo que él consideraba un arte, parece haberse convertido en un coto en el que campa a sus anchas la corrupción. Una vía para el enriquecimiento fácil, tráfico de influencias y clientelismo. Un paraguas de impunidad bajo el que algunos ocultan prácticas delictivas. Es difícil pensar de otra forma, a la vista del goteo de noticias que nos descubren una corruptela tras otra.

La política está en horas bajas. Al descrédito que produce la corrupción rampante, se une la carencia de auténticos líderes, capaces de gobernar y tomar decisiones con seguridad y claridad, con objetivos y miras puestas en el beneficio de la sociedad, abandonando intereses partidistas o personales. Políticos capaces de sumar esfuerzos en épocas de crisis, en lugar de desgastarse en luchas internas y rencillas fratricidas.

Parece instaurarse en la sociedad una especie de “nihilismo”, un “laissez faire” ante lo que se considera como una consecuencia inevitable del ejercicio del poder.Tampoco ayuda a arreglar la situación la propia idiosincrasia de la democracia, que hace que ganar las siguientes elecciones se convierta en el objetivo prioritario de gobernantes y partidos, por encima de cualquier otro, lo que hipoteca sus decisiones y los convierte en rehenes de otros poderes, como los grandes grupos económicos.

“Nihilismo” social
Es necesario distinguir entre política, el ejercicio que se hace de ella y quienes lo desempeñan. Dejando claro que son los dos últimos los que están en cuestión, produciendo una sensación de hartazgo en la ciudadanía. Curiosamente, en lugar de generarse una reacción social, un revulsivo que exija un desempeño adecuado y una mínima honradez, a quienes han sido elegidos como representantes del pueblo, parece instaurarse en la sociedad una especie de “nihilismo”, un “laissez faire” ante lo que se considera como una consecuencia inevitable del ejercicio del poder.

No se presenta halagüeño el horizonte si esta sensación va calando en el tejido social y la política se va hundiendo más y más en el desdoro. El ciudadano desengañado será cada vez menos participativo, la abstención aumentará y disminuirán en número los que decidan quienes van a gobernar el Estado en cada ejercicio electoral. Paralelamente las personas de valía, los verdaderos líderes tan necesarios, se volverán más reacias a involucrarse en un terreno emponzoñado e ingrato. Así que el nivel de quienes serán llamados a ejercer la política estará a la baja, mientras quienes van a elegirlos serán un grupo cada vez más reducido y con intereses seguramente distintos del beneficio colectivo.

No sería mala idea que fuese necesario un mínimo currículum y una cierta experiencia profesional previa, para ejercer como político.En una situación extrema se llegaría así a un Estado en que sus gobernantes fuesen presuntos delincuentes, que podrían además utilizar a su favor el poder legislativo para procurarse inmunidad y perpetuarse en el poder, allanando el camino hacia una situación de Estado fallido. No hace falta ir muy lejos para encontrarnos algún país con prácticas en este sentido.

Es hora de pedir cuentas a los políticos
Es necesario que la sociedad reaccione y exija a sus políticos preparación, dedicación, entrega y honradez. Que se garantice la separación de poderes, se fiscalice el comportamiento de quienes nos gobiernan al nivel que sea y se castigue sin contemplaciones cualquier conducta contraria a la ley. No sería mala idea que fuese necesario un mínimo currículum y una cierta experiencia profesional previa, para ejercer como político. Se evitaría así que cualquier patán sin escrúpulos pudiera utilizar la política en beneficio propio y de su entorno.

Puesto que la corrupción parece innata al ser humano, sólo si se ponen los medios adecuados para prevenirla y castigarla, podrá evitarse su extensión como una lacra. Y aquí no parece haber diferencias de género. Si encontramos más políticos corruptos que políticas, puede que sea sólo porque la participación del varón en política es todavía mucho mayor. La ambición y la avaricia no entienden de sexo.

*Directivo prejubilado de Telefónica y colaborador de Fundación Telefónica. Ingeniero de telecomunicación, experto en TIC y RSE.

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