De la energía tóxica a la energía vital

869

Me encanta hacer un parón de vez en cuando.  El día a día extremadamente demandante en el que nos sumergimos durante nuestra actividad rutinaria nos obliga a ir en una carrera contrarreloj en la que no disfrutamos de los momentos, ni de las personas que nos rodean.

La vida estresante y rápida de las ciudades hace que surjan cada vez más en nuestro camino personas que desprenden lo que yo llamo energía magnética negativa. Son tóxicas, sólo con la mirada -ese reflejo del alma como decía Simone de Beauvoir-transmiten  pesimismo, mal rollo…generan malestar y falta de empatía.

Casi diría que el aura repelente que les rodea irradia luz gris y crispación. Se puede percibir, sentir y hasta tocar. Literalmente te electrocutan. En las reuniones de trabajo, en las conversaciones con amigos, hasta en los pequeñas actividades de cada día son apisonadoras vivientes que asfaltan, literalmente, cualquier atisbo de luz y alegría, de ganas de vivir y disfrutar, en quienes los rodean.

Yo tengo un detector emocional innato para identificar a estos personajes. Casi diría que el aura repelente que les rodea irradia luz gris y crispación. Se puede percibir, sentir y hasta tocar. Literalmente te electrocutan. Y lo peor es que todos, en un momento u otro y con mayor o menor intensidad, somos víctimas potenciales de este magnetismo que nos atrapa imperceptible pero irremisiblemente.

Numerosos nutricionistas y expertos en medicina natural asocian esta electro carga negativa y las enfermedades que de ella se derivan a la acidificación. El mal rollo transforma radicalmente el PH de nuestro organismo, favoreciendo infecciones, bajando nuestras defensas y provocando un malestar general. En un medio alcalino, por el contrario, nada malo puede crecer ni desarrollarse. Es un medio que nos hace de alguna manera inmunes al mal.

A todos los que me conocéis os sorprende mi gran vitalidad y muchos no sabéis que el secreto de mi energía se encuentra precisamente en una parada a tiempo frente al entorno alcalino por excelencia: el mar.

No hay nada mejor que zambullirse de pies a cabeza en el agua salina del océano y dejar que el medio haga su efecto. El aura oscura desaparece, vuelve la luz y la paz. El malestar incluso físico se diluye y reaparecen las ganas de vivir en toda su dimensión. Lo absoluto se vuelve relativo, los amigos parecen más amigos y nuestros enemigos se evaporan como gas. Vuelve a surgir la creatividad innovadora y los grandes proyectos son recuperados, tesoros que habían quedado enterrados, pero que son esenciales para sentirnos plenos.

Recomiendo sin duda una parada de tres o cuatro días frente al mar cada año. El efecto se potencia de forma directamente proporcional a la intensidad turquesa del mar, al calor y luminosidad del sol, a la blancura y finura de la arena, a una alimentación ligera, natural y alcalina y a la calidad humana de los que nos rodeamos como compañía en estos viajes de descompresión, siempre gente que irradie naturalmente paz y luz. No hay mejor receta para transformarnos en motores nucleares de vitalidad.

Os animo a probarlo. Abandonad la rutina tediosa del frío invierno y trasladaros a otro hemisferio en donde un sol y un mar caliente os transformarán en el verdadero reflejo de lo que sois y fuisteis, dejando atrás el disfraz ácido que la vida diaria nos echa encima.

 

 

 

Artículo anteriorInspirada en Sorolla, la navidad del InterContinental pinta mejor que nunca
Artículo siguienteLocuras cotidianas, fresca e inteligente
Profesional de amplia experiencia en el desarrollo de empresas en el ámbito internacional. Ha trabajado en el campo de la gestión corporativa y financiera en el entorno académico y universitario, con un acento especial en la expansión de negocio, coordinando durante más de veinte años equipos multidisciplinares de alto rendimiento.