¿Claudicaciones o imposiciones?

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Afortunadamente, mi exiguo ─como todo en este país─ trabajo de profesora me deja algún espacio a la imaginación y a la creatividad. En uno de los artículos que trabajamos para la preparación de la PAU ─o sea, la Selectividad─, Juan Manuel de Prada reflexiona acerca de la diferente forma de vida en su infancia y en la actualidad en un tono nostálgico y hasta épico. En un momento determinado habla de «la hojarasca de las plurales claudicaciones de la edad adulta», una preciosa metáfora que nos remite al tópico tema del conformismo burgués por el que, una vez alcanzada la comodidad de una vida de clase media, abandonamos la fuerza y la rebeldía de nuestra juventud.

Al principio me resultó fácil de interpretar dado que se trata de un tema recurrente de nuestro tiempo que tiene la función de recordarnos lo jóvenes que éramos y debemos seguir siendo para vivir y emprender proyectos de futuro. Sin embargo, no me sentí identificada con esta forma de interpretar la vida; es más, me sentí indignada porque no me parecía que hubiera claudicado en nada sino, más bien, que me habían obligado a claudicar, a olvidar mis aspiraciones de trabajar y vivir haciendo lo que me gustaba.

¿Claudicamos? No; la sociedad del bienestar nos impuso sus reglas, se pasó de la raya y nos abandonó a nuestra suerte.Sin duda el de Prada es un tópico literario, la postura estética de cualquiera que, recostado en su sillón de orejas, contempla con condescendencia su juventud reivindicativa, pero que ahora no se arrepiente de estar cómodamente aposentado, viajar por todo el mundo, tener una familia y un sueldo todos los meses, más incentivos. Pero nosotras y nosotros, ¿claudicamos? No; la sociedad del bienestar nos impuso sus reglas, se pasó de la raya y nos abandonó a nuestra suerte.

Las personas que hemos nacido y crecido durante este período democrático (la generación perdida, dicen) hemos sido educadas en un ambiente de libertad, lleno de posibilidades. Una podía estudiar lo que quisiera, trabajar en lo que más le gustara, vivir en la ciudad que más le interesara o, incluso, vivir con una persona por amor. Sin embargo, al llegar a esta edad adulta (que no se corresponde precisamente con los 18) nos hemos dado cuenta de que nos han engañado. No hemos claudicado: es que la ignorancia y el conservadurismo siempre latentes en este país a pesar de tanta Transición, Democracia y Sociedad del Bienestar nos han cerrado las puertas.

Pensar en una claudicación nos hace directamente responsables de nuestros destinos y culpables de nuestros fracasos; y me niego a aceptarlo. Por eso, considero que sería bueno aprovechar este momento convulso ─que, como el volcán del Hierro, no se decide a emerger a la superficie─ para redefinir nuestros marcos de referencia, los parámetros con los que definíamos nuestras vidas.

Al igual que las grandes figuras de la literatura y el pensamiento universal han surgido también de generaciones perdidas que sobrevivieron a momentos históricos más duros que este, podríamos esperar la aparición de una inteligencia que, como la de Kafka, Beckett, Sartre, Camus, nos enseñe el verdadero carácter de la realidad que estamos viviendo. Su clarividencia nos sirve ahora para identificar este momento y sentirnos parte de la humanidad. ¿Surgirá de esto otra gran figura de la Literatura Universal? ¿Será una mujer?

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