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Las Luisas…hosteleras por ilusión y convicción

Las Luisas…hosteleras por ilusión y convicción

Las Luisas, se sonríen, con la complicidad y alegría que les da el sentirse a gusto con lo hecho. Hemos quedado para que me cuenten cómo surgió A quinta da Auga y el lugar de la entrevista es mi preferido.

El salón biblioteca es un gran living precedido por una majestuosa chimenea con la que ya sueño en un invierno gallego relajado, donde el silencio le gane terreno al mundanal ruido.

Acabo de mirar las fotos de un edificio derruido. Es el que era antes de albergar este hotel de lujo que soñó una familia y que hoy es parte de la historia de Santiago de Compostela. “Es increíble ver cómo hemos convertido la antigua fábrica de papel de antes del 1800, a orillas del río Sar, en nuestro sueño. Este es un proyecto familiar que costó mucho pero por el que sentimos un gran orgullo”. La que habla es María Luisa García Gil, la Luisa madre, que cometió la locura de pensar que podía recuperar y restaurar aquello para que A quinta de auga, fuera un hotel tan especial que mereciera ser parte de la prestigiosa cadena Relais & Châteaux.

“Nos trataban de locos. ¿Por qué tendríamos éxito cuando todo lo que se veía eran ruinas? El lugar era ideal, a menos de 3 kilómetros de Santiago de Compostela. Pensar en un hotel mágico era un sueño, pero también un desafío”.

a-quinta-luisa-mayor-entrevistaDespués de seis años de rehabilitación A Quinta da Auga abría sus puertas como hotel de lujo, restaurado respetando la estructura original e incluso las canalizaciones de agua. Pero además, dotado con unas instalaciones eco-ambientales. La decoración revela al visitante que se ha cuidado hasta el último detalle para hacer de su estancia una experiencia única.

María Luisa García Gil no pierde la sonrisa cuando afirma que “Solo para quitar escombros, quitar malezas… se nos fueron 8 millones de pesetas. Pero también hubo sorpresas: encontramos que había mucho que recuperar hacia abajo en la antigua fábrica de hielo”.

Había una historia familiar relacionada con la construcción y en su caso, de la decoración. Habrá pensado ¿Qué podía hacerse con eso? Y la respuesta no tardó en llegar.

¿Cuánto supuso la inversión?

-La inversión total fue cercana a los 9 millones de euros. El tener la tienda de decoración fue un ahorro en el sentido de que “vestir” el lugar era algo que no me resultaba ajeno. Lo diferente fue hacer que cada espacio fuera único. Todo está muy cuidado. No solo en su aspecto sino también en detalles como que unas cortinas sean maravillosas pero a la vez ignífugas o que se incluyan antigüedades …que dan un valor añadido a cada espacio.

¿Cómo fue la transición entre tu faz de arquitecta y la decisión de convertirte en empresaria hotelera?

-Siempre hemos tenido empresas familiares y esto fue principalmente, una apuesta familiar. El proceso, que duró seis años, estuvo cargado de emociones pero también lo hemos sufrido, especialmente en los aspectos burocráticos…Tengo que confesar que hubo momentos en los que me sentí asfixiada…

¿Entonces?

-Que todos somos muy viajeros y hemos aprendido mucho de la experiencia. Entre otras cosas, que hay que ser como un junco… en el río puedes doblarte y no pasa nada…Ser flexible evita que puedas quebrarte…

¿En qué momento te incorporas al proyecto? pregunto a Luisa Lorenzo, la hija, que ha estado escuchando atenta y haciendo aportaciones a la narración de su madre.

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-Yo había estado fuera, con proyectos interesantes pero también con ganas de hacer un cambio. Cuando recibo el llamado familiar, no le di muchas vueltas pues era un sector que me atraía. Además, era muy interesante el tipo de hotel el poder tener las manos libres para gestionarlo…La construcción no me interesaba… En cambio este proyecto, me enamoró y ponerme al frente también fue un desafío profesional. Sueños y desvelos, mucha ilusión y sentir que cada ladrillo, cada rincón, llevaba nuestro sello…

Hay que ser como un junco… en el río puedes doblarte y no pasa nada…Ser flexible evita que puedas quebrarte…

La madre la mira otra vez con una sonrisa ancha…

-Fue una enorme satisfacción trabajar codo a codo con mi hija, conocerla en el día a día, en su otra faceta. Es ordenadísima en el trabajo, sabe priorizar, es estratégica…Agrega valor a lo que hago. A mí me cuesta mucho pues soy muy inorgánica, me fluyen las ideas y no puedo identificar lo prioritario. Ella me dice: “Madre, céntrese” Y tiene razón.

Pero quedan enseñanzas…

-Sí, que muchas veces ante determinados ofrecimientos, tendemos a auto engañarnos. A escuchar lo que queríamos escuchar. En realidad, la experiencia inmobiliaria o de arquitectas no es lo mismo que la hostelería, agrega Luisa Lorenzo.

A lo que su madre agrega: No me imagino haber salido adelante, sin su sensatez, visión, su organización…

Le pregunto entonces ¿cómo recuerdas los momentos más frenéticos?

-Como una confluencia de muchas cosas. El canto de sirenas o lo que quería escuchar hasta luego, asumir que hay que tomar el toro por las astas…Kilómetros de planos…adaptar un proyecto a lo que debía ser. Ese trecho fue duro y trabajoso…queríamos que tuviera un carácter, que fuera un lugar especial…teníamos el entorno ideal y por eso queríamos dotarlo con lo mejor…un restaurante, que luego fue Filigrana, un spa donde olvidarse del mundo.

¿Tuvieron la sensación o ese “run run” de que no se podía…?

-Al final hay muchos condicionantes, creer que podrás…alguien que te insiste “yo no lo veo”…o “te arruinarás como sucedió de familia en familia”… Ánimo y desánimo y meterte en lo que no ha conseguido nadie…porque tienes una gran ilusión.

¿Y para ti…cómo fue volver a un proyecto familiar, con tanta lucha y en plena crisis?

-Difícil. Saber que había que sacar adelante el proyecto. Momentos de impotencia, incertidumbre pues en los 3 primeros años se juntó con mi primer hijo y preguntarme muchas veces si valía la pena. Con un marido al que arrastré, que vino de Madrid a Santiago sin conocer a nadie y que fue quien realmente crió a nuestros hijos durante 3 o 4 años… Lo hizo en situación de soledad, cambiando de empresa, fuera de su entorno, y sin sus amigos. Ahí estuve a punto de tirar la toalla. Viví muchas situaciones duras y como si no fuera suficiente, mi madre tiene una complicación de salud casi se muere. Por suerte está estupenda y aquello quedó atrás. Ahora entonces, que está todo encaminado, voy en pos de encontrar el equilibrio familia- trabajo.

La madre vuelve a mirarla con orgullo…

-Ahora está más relajada porque el equipo funciona y las cosas encajan en su sitio. Es su mérito. Era una locura hacerse un sitio sin venir del sector hostelería. Muchos pensaron que era la típica niña a la que le han puesto el juguete. Y ella se ha ganado el respeto con el día a día, superando los malos momentos y ahora, celebrando los logros.

¿Cuál fue el momento más difícil?

-Muchos. Yo tenía la responsabilidad técnica del proyecto, la gestión era mía y durante la obra, todo fueron problemas. Que los costes no se fueran al cielo retrasando la obra, mucho agobio, 6 años sacando dinero sin ver un duro y en medio de 2009 y en plena crisis económica, cuando debíamos haber abierto en 2006.

Pero llegó el momento de abrir…

-Como no sabíamos cuando abriríamos un día decidimos hacerlo porque surgió una oportunidad de un gran grupo y un evento de gente que nos conocía y que les apetecía hacerlo aquí.

La hija recuerda la sensación de que habían entrado en su casa…

-Yo era parte de todo y de la evolución de cada rincón. Un día le dije a mi madre: ¿Te has dado cuenta de que está hecho y ahora hay que ponerse a llenar los espacios? ¡Mi madre había olvidado que tenía una nave repleta de antigüedades!

-Habíamos perdido el norte, compraba por internet sin saber adónde iría todo. ¡Si no hubiéramos llegado a buen puerto, todo habría terminado en un gran mercadillo! Llegaban los camiones y había un gran batiburrillo, hicimos filas con cómodas, sillas, sillones hicimos fotos y ya con planos de electricidad, de cuadros de papeles…empezamos a distribuir todo lo que había. Así, todas las habitaciones son distintas, personalizadas y cada una tiene alguna de esas antigüedades. Retapizados, alfombras, restauraciones… hasta mi suegra que es súper decoradora colaboró y nos dio una mano enorme.

¿En qué momento empezó a ser rentable?

-Atravesamos la crisis como pudimos y sobre 2014 empezamos a ver la luz…Creo que podemos decir que tras 7 años hemos empezado a recoger los frutos…Y que somos una empresa saneada.

¿Cuáles son ahora los desafíos?

Estamos creciendo mucho con los eventos, una unidad de negocio importante. Hemos cerrado todo el hotel para una empresa en oportunidades especiales y sabemos que ha sido una experiencia magnífica. La gente se ha ido feliz. No solo por el equipo y la atención sino como experiencia empresarial. Están convencidos de que los resultados se cuantifican gracias a la experiencia. El boca a boca multiplica el retorno y el entorno genera unas dinámicas especiales. Quizás hoy nuestro mayor desafío es que el restaurante Filigrana convoque más allá de A quinta… Hoy ya debería estar de bote en bote. La gente que no lo conoce se enamorará de su cocina. Debemos lograr entonces, que este espacio de gastronomía de primerísimo nivel en un entorno único de naturaleza y a un paso de Santiago de Compostela, se convierta en un destino en sí mismo.

Coinciden las dos. Ambas sonríen otra vez. Llegó la hora de partir. Vuelvo a Madrid con la certeza de que lejos del estrés, en un entorno relajado en medio de la naturaleza, he recuperado la energía. Me quedan las vivencias. Estoy segura de que el pequeño botellín con el aroma de A quinta de auga que me han regalado, hará más nítido el recuerdo y las ganas de volver.

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