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No te autoexcluyas, involúcrate en la innovación

Hace unos dos años me topé con una inquietante encuesta preparando una charla a la que me habían invitado. Llevo muchos años trabajando con la innovación, de diferentes maneras y con distintos clientes, y quizá por eso no he podido olvidar hoy lo que reflejaban aquellos datos: Las mujeres se creen tontas para la innovación.


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Hace unos dos años me topé con una inquietante encuesta preparando una charla a la que me habían invitado. Llevo muchos años trabajando con la innovación, de diferentes maneras y con distintos clientes, y quizá por eso no he podido olvidar hoy lo que reflejaban aquellos datos: Las mujeres se creen tontas para la innovación.

Se trataba de una encuesta hecha en 2009 a las empresas tecnológicas de Silicon Valley, por un centro muy prestigioso, el Anita Borg Institute. Los datos del informe eran rotundos: las mujeres se otorgan así mismas menos capacidad para la innovación que la que realmente tienen. Concretamente, sólo consideran que tienen habilidades para la innovación entre un 29,6 % y un 38,1 % de las mujeres (por un 60,2% de los hombres en posiciones similares).

Las mujeres se otorgan así mismas menos capacidad para la innovación que la que realmente tienen. Según el informe, una de las razones de esta falsa modestia innovadora era la falta de exposición a estudios o tareas donde trabajar con la innovación.

 Según el informe, una de las razones de esta falsa modestia innovadora era la falta de exposición a estudios o tareas donde trabajar con la innovación.

Mi formación como ingeniera me ha preparado para encontrar la solución a los problemas complejos y para crear nuevas soluciones. Pero la innovación también es entender a la gente, tener curiosidad por lo que le gusta o no le gusta. Innovación es también lo que se ve en la calle y ser capaz de irlo cambiando.

Después de unos años como ingeniera, mi interés por entender la gente me llevó a salir del laboratorio. Me metí en el área de negocio, pasé tiempo en el área de producto y rocé el área de ventas. Y así pude comprender la dinámica de un mercado: algo vende, no porque sea nuevo, sino porque gusta. Esto funciona así incluso en el veloz sector de Internet y la tecnología.

Pero hay más. Descubrí que el número de personas que te comprarán algo bajo el criterio de que lo que tienes es “lo último”, es muchísimo menor que el de las personas que te comprarán porque lo que tienes les gusta. Es cierto que en el inicio vas a necesitar a los fanáticos de tener lo último, porque te ayudarán en la difusión del uso; pero en el medio plazo la clave de tu innovación será saber lo que gusta.

La innovación no se puede predecir. Lo que gusta o no gusta tampoco. Además, como se suele decir, el tiempo es en sí un mecanismo de innovación. La sociedad, las empresas, los mercados y las industrias de hoy nada tienen que ver con las de hace 10 años.

Para entender hay que observar muy bien. Son muchas cosas las que hay que echar en la cesta: lo que se ve en la calle, lo que se escucha en una charla celebrada en un congreso, los comentarios que surgen cuando se juntan determinados compañeros de trabajo o estudios, ese caso particular que aparece reseñado como noticia en un medio (de Internet o en la prensa)…

También conviene desechar aquello que sólo sirve a un puñado de clientes. Lo que guste debe poder hacerse “global”.  Es decir, debe merecer la pena que haya clientes que se pasen por la tienda, la página web, o soliciten servicios.

Lo que así salga del revoltijo de nuestra cesta es una antesala a la innovación. Ahora bien, las referencias son muy importantes para transformar una pretensión en algo que guste. Si la nueva propuesta es un servicio que ya existía pero el usuario no puede valorarlo al compararlo con el antiguo, esta servirá de poco. Si se trata de un servicio completamente nuevo pero el usuario no tiene forma de entender mejor el tipo de problema o la necesidad que pretende solucionarle, igualmente la innovación no se producirá.

No hay que evitar cambiar. El tiempo también corre en la empresa y a medida que se va comprendiendo mejor, se conoce más y salen nuevas oportunidades con las que hacer más feliz a nuestro segmento de clientes.

Finalizaré con un ejemplo. Desde hace 8 años contamos con varios sitios donde cualquiera puede dar a conocer (al mundo) lo que quiera. Basta con grabarlo en un video y subirlo a Internet (por ejemplo, a YouTube). Rashmi es una mujer americana de origen indio que en 2006 se dio cuenta que a diferencia de los videos, las presentaciones utilizadas en las charlas, en las conferencias, o las usadas como material de estudio, seguían teniendo el alcance limitado (quizá 100 o 200 personas, siendo optimistas) característico de estos actos. Rashmi decidió cambiar eso llevada por su idea de entender mejor a la gente y creó Slideshare. Así desde hace 5 años, los mensajes que uso por ejemplo en una charla tienen una difusión después de su publicación y también pasados los meses de un evento. Rashmi es una licenciada en derecho que no estudió ingeniería como primera opción. Sólo le gustaba crear cosas nuevas. Pero no se autoexcluyó de la innovación.

*Marta Domínguez es fundadora de i-Thread Consulting y del proyecto Mi Startup Innova, escribe el blog El hilo de Innovación y enseña en el IE Business School el curso “Crear valor de la innovación para pequeños negocios y emprendedores”.

 

 

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