Del diablo, el poder y las mujeres

Del diablo, el poder y las mujeres

Semanalmente tengo encuentros de trabajo, lúdicos, y muchos donde se coinciden los dos. Afortunadamente, la mayoría son con gente que me gusta, que me aporta, con la que intercambio, a la que doy y de la que recibo mucho más de lo que doy.

Hace unos días tuve una experiencia que me dejó repensando sobre la materia de la que está hecha el poder. Especialmente para las mujeres. Y también, sobre hasta qué punto para ellas -para nosotras- el poder, está asociado a conseguir cosas, o a lograr cambiarlas.

Tras una entrevista de negocios con un empresario de una empresa mediana, surgió sobre el final, la demanda de un perfil específico para incorporar a una persona como advisor a su compañía. Tras solicitarle detalles del perfil, definió las características que le parecían fundamentales que tuviera, qué campos de experiencia aportarían más, los sectores afines que podían sumar valor y finalmente, que sería óptimo que fuera mujer, por la necesaria diversidad que está claro ya, necesitan las empresas.

Hace unos días tuve una experiencia que me dejó repensando sobre la materia de la que está hecha el poder. Especialmente, para las mujeres.

Al final, como si se hubiera dejado algo importante en el tintero, me dijo: “Preferiría que no fuera de estos perfiles que se repiten ya en varias compañías. Me gustaría de alguna manera, que me ayudaras a “descubrirla”. Pero igual te digo que es indispensable que tenga influencia, que pueda llevar adelante una negociación en altas esferas…Estoy hablando de lobby empresarial, político y económico”.

De regreso a mi escritorio, un listado que empezó siendo enorme, se fue achicando como una pirámide invertida: arriba el talento, las capacidades, las habilidades y la forma de gestión -la que según todos los gurúes, se precisa de cara al futuro-. Su posicionamiento en el sector, los logros obtenidos, el reconocimiento, la reputación…

Pero la pirámide finalmente, tuvo un filtro fundamental, que fueron precisamente las palabras -o #hashtags- poder, lobby económico, político, empresarial.

Hablar sin complejos del poder

Suelo decir que mi fortaleza, en el campo en el que me he hecho experta, surge de conocer a miles de mujeres y de ir extrayendo de esas experiencias, un patrón. Es el patrón por el cual identifico cuáles son las cosas que deberían hacer urgentemente, cuáles las skills que tienen que adquirir, qué conocimientos profundizar y qué gimnasia -además de la corporal- deberían practicar para hablar sin complejos del poder.

Sé por experiencia, que, en una gran proporción, esto no tiene que ver ni con la formación, ni con la educación, ni con los estudios. Está mucho más relacionada con las habilidades adquiridas. Y cuando me piden que nombre las que surgen en mayor porcentaje de esos “patrones” no dudo en apuntar: negociación, seguridad, autoestima, determinación, ejercicio del poder.

¡Que te vean venir!

Como cinéfila -y seriéfila- que soy, apelo muchas veces a escenas que me sirven para entender cómo funcionan las cosas en la vida real. El personaje de Al Pacino en “Pactar con el diablo” –The devills advocate-le decía al joven y todavía ingenuo Keanu Reeves: “No te pongas muy arrogante por muy bueno que seas, nunca dejes que te vean venir”.

¿Cómo debería hacer para no parecer interesada? No se me ocurre que un hombre pudiera hacer la misma pregunta.

En otra conversación con una alta directiva con un currículum excepcional, una juventud impresionante y la experiencia de una senior, me confesó no tener tiempo para el Networking. Le hablé de la importancia del network, del lobby femenino, del lobby a secas, y de la obligación de que todo ello estuviera en su agenda de la misma manera en la que ponía las citas más importantes vinculadas a su negocio. Entonces me respondió: “Es verdad que no dedico el tiempo necesario, pero por otro lado ¿Cómo debería hacerlo para no parecer interesada?

¿Cómo debería hacer para no parecer interesada? No se me ocurre que un hombre pudiera hacer la misma pregunta.

¿Por qué no habríamos de mostrar interés por aquello que es vital para nuestro desarrollo, el de nuestra compañía o nuestros objetivos estratégicos? Se sonrió por toda respuesta, y unos segundos después me dijo: “Tienes razón. Debo aprender a hacerlo”.

Volviendo a Al Pacino, reformularía la frase si la dirigiera a las mujeres que no ven todavía claro que el poder sirve para hacer. Y que, si no se ejercita, se desperdicia.

Que te vean venir. Que sepan quién eres y qué quieres.  Ejercita el músculo, y hazlo trabajar a tu favor.
Y si además, tus causas son buenas, ¡mucho mejor!

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